En Bélgica, praline es el bombón de chocolate relleno: una fina cáscara de chocolate que envuelve un relleno suave. En Francia, la misma palabra designa otro dulce, la almendra recubierta de azúcar caramelizado; por eso, en otros países, la praline belga suele llamarse simplemente chocolate relleno. El relleno varía mucho: ganache (chocolate con crema), praliné (pasta de avellana o almendra tostada con azúcar), crema de mantequilla, caramelo, mazapán, frutas o licor.
La historia de la praline pasa por una familia y por una galería cubierta de Bruselas. En 1857, el suizo Jean Neuhaus abrió una farmacia en la Galerie de la Reine, una de las Galeries Royales Saint-Hubert, donde vendía pastillas y confites farmacéuticos. Según la historia contada por la propia casa y repetida por el turismo de la ciudad, él cubría los medicamentos de mal gusto con una capa de chocolate. En 1912, el nieto, Jean Neuhaus Jr., cambió el medicamento por un relleno cremoso y dio al resultado el nombre de praline.
Al principio, las pralines salían de la tienda en conos de papel y llegaban aplastadas. En 1915, Louise Agostini, esposa de Jean Neuhaus Jr., diseñó una caja rígida de cartón para transportarlas: el ballotin. La caja ganó muchos tamaños, desde una sola praline hasta un kilo, y se volvió el empaque típico del regalo de chocolate en Bélgica.
Otros chocolateros copiaron pronto la novedad, y la praline se convirtió en una especialidad de todo el país. Algunas casas ligadas a Bruselas se hicieron conocidas en el mundo entero, como Leonidas, del confitero Leonidas Kestekides, premiado en la Exposición Universal de Gante en 1913 y luego establecido en la capital, y Godiva, cuya historia comienza con las pralines que Pierre Draps empezó a hacer en Bruselas en 1926. La Región de Bruselas-Capital inscribió la tradición y el saber hacer del chocolate en su inventario del patrimonio cultural inmaterial, que presenta la ciudad como cuna de la praline y del ballotin.
Hay dos modos principales de elaboración. En la praline moldeada, el chocolate templado se vierte en moldes para crear la cáscara, que recibe el relleno y después se cierra. En la praline bañada, el relleno ya listo se sumerge en el chocolate templado. El templado, un control preciso de la temperatura, es lo que da al chocolate el brillo y el crujido al morder. Según el mismo inventario, los chocolateros belgas mantienen el compromiso de usar solo manteca de cacao en la masa del chocolate.
En Bélgica, las pralines son un regalo habitual en visitas, en fechas especiales y en el trabajo, y muchas veces llegan a la mesa con el café, al final de la comida. En las chocolaterías se venden sueltas o en ballotins, y cada casa tiene sus formas y rellenos propios.