En Bélgica, el chocolate forma parte de la vida diaria. Está en las tabletas del supermercado, en las chocolaterías de barrio, en la pasta untada en el pan del desayuno y en las cajas que se llevan como regalo. Este ítem trata sobre el chocolate en tableta y la tradición chocolatera del país; la praline, el bombón relleno ligado a Bruselas, tiene página propia.
El cacao no crece en Bélgica: llega de países tropicales de África, América Latina, Asia y Oceanía. La industria comenzó en el siglo XIX. El registro de Bruselas en el inventario regional del patrimonio cultural inmaterial dice que la primera máquina de vapor de la ciudad, en 1835, llevó el chocolate del taller a la fábrica, y que la primera fábrica de chocolate del país se abrió en Amberes en 1845, por Adolphe Meurisse. Ese mismo registro apunta que, en una época, parte del cacao procedía del Congo, entonces colonia belga, pero que la producción allí quedó limitada. El nombre de una de las marcas más antiguas recuerda otra procedencia: Côte d'Or es la Costa del Oro, nombre colonial de la actual Ghana, de donde venía parte de los granos.
El país regula el chocolate desde hace mucho tiempo. Un decreto real del 18 de noviembre de 1894 exigió un mínimo del 35% de cacao para que un producto pudiera venderse con ese nombre, para combatir las falsificaciones. Cuando la Unión Europea permitió sustituir hasta el 5% de la manteca de cacao por otras grasas vegetales, Bélgica se opuso, y el sector siguió fiel a la receta solo con manteca de cacao, según el mismo registro. Desde 2007, la asociación del sector, Choprabisco, mantiene el Código del Chocolate Belga: la expresión chocolate belga debe reservarse al chocolate mezclado, refinado y conchado en el país.
Algunas marcas ayudan a contar esa historia. Côte d'Or fue registrada en Bruselas en 1883 por el chocolatero Charles Neuhaus, y el elefante que la identifica aparece desde 1906; el portal del gobierno federal, Focus on Belgium, la llama el chocolate preferido de los belgas. En Wieze, en Flandes Oriental, Octaaf Callebaut comenzó a hacer tabletas en 1911, en una propiedad familiar que antes era cervecería, y pronto pasó a producir chocolate de cobertura para los chocolateros. La fábrica de Wieze se señala como la mayor fábrica de chocolate del mundo, y el puerto de Amberes está entre los principales puertos de cacao de Europa.
El chocolate de cobertura, más rico en manteca de cacao, es la base del trabajo artesanal: los chocolateros compran ese chocolate listo y lo derriten para moldear tabletas, bombones y figuras, mientras otros tuestan sus propios granos. Muchas chocolaterías tienen tabletas de la casa, de orígenes y porcentajes de cacao distintos, y algunos restaurantes sirven cuadritos de chocolate con el café.
El chocolate también acompaña los viajes. Según el inventario de Bruselas, es el regalo preferido en visitas particulares, de trabajo y diplomáticas, y el aeropuerto de Bruselas registra el mayor volumen de ventas de chocolate entre los aeropuertos del mundo. En las fechas festivas, las tiendas se llenan de chocolate en otras formas: huevos y conejos en Semana Santa, figuras de San Nicolás a principios de diciembre, corazones en el Día de San Valentín.