La sopa paraguaya es una torta de maíz. La cebolla se cocina lentamente en grasa hasta quedar blanda y se mezcla con harina de maíz, queso fresco del Paraguay, leche o cuajada, huevos y sal. La masa va al horno en una bandeja hasta dorarse por arriba y quedar húmeda por dentro. Se corta en cuadrados y se sirve caliente o a temperatura ambiente. Es el acompañamiento obligatorio del asado y el plato de las celebraciones de bodas, cumpleaños y reuniones familiares; también se come sola, como merienda, con mate cocido.
El nombre confunde a quien llega de fuera: es la única sopa que se come con tenedor, o con las manos. La explicación más repetida es una leyenda. La cocinera de Carlos Antonio López, presidente del país en el siglo XIX, habría puesto demasiada harina de maíz en la sopa blanca del mandatario y, para no perder la preparación, llevado la mezcla al horno; López habría aprobado el resultado y la habría bautizado sopa paraguaya. No existe documento que confirme la historia.
En agosto de 2017, la Secretaría Nacional de Cultura declaró, mediante la Resolución 592, a la sopa paraguaya patrimonio cultural inmaterial del Paraguay, junto con el vori vori, el locro y el jopara. El objetivo, según la secretaría, fue salvaguardar platos considerados parte de la identidad nacional. La declaración rige para todo el país: la sopa se prepara en todos los departamentos, en casas, comedores y panaderías.
La sopa tiene parientes cercanos. El chipa guasu lleva maíz tierno rallado en lugar de harina y resulta más húmedo; el mbeju es una panqueca de almidón de yuca y queso. Familias paraguayas llevaron la receta a regiones vecinas, donde también se prepara, y una ley municipal de 2017 en Dourados, en Mato Grosso do Sul, que la declaró patrimonio local, provocó reacción en el Paraguay.