Saint-Pierre es la ciudad donde viven casi nueve de cada diez habitantes de Saint-Pierre y Miquelon, territorio francés en el Atlántico Norte, a unos 19 km de la península de Burin, en Terranova (Canadá). La ciudad ocupa la costa este de la isla homónima y desciende en laderas hasta el puerto, donde atracan los ferries y desde donde salen los barcos hacia las islitas vecinas. El aeropuerto está en Pointe-Blanche, al sur del centro.
El centro se recorre a pie. Alrededor de la plaza General de Gaulle están el muelle, la oficina de correos y la catedral, reconstruida después del incendio de 1902 con el interior de las iglesias vascas. Las calles suben entre casas de madera pintadas de amarillo, rojo, azul y verde, muchas con el tambour, la pequeña entrada cerrada que protege la puerta del viento. Al norte, el frontón Zazpiak Bat es la cancha de pelota vasca y el escenario de la fiesta vasca de agosto. Dos museos cuentan la historia local: L'Arche, museo y archivo de la colectividad, y el Musée Héritage, colección particular de objetos de la vida en las islas.
En la entrada del puerto, el faro de la Pointe aux Canons, blanco con una franja roja, y los cañones de la antigua batería forman la vista más fotografiada de la isla; al lado, las cabañas coloridas de Les Salines guardan el equipo de los pescadores artesanales. Al otro lado del agua está la Île aux Marins, que fue una aldea de pescadores con iglesia, escuela y ayuntamiento hasta los años 1960 y se visita en paseo guiado.
Fuera de la ciudad, la isla tiene senderos entre lagunas, turberas y acantilados. El más buscado lleva a la Anse à Henry, yacimiento arqueológico en el extremo norte, frente al Grand Colombier, islote donde anidan aves marinas como el frailecillo.
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